martes, 3 de enero de 2012

"Filosofía es esto: examinar y afianzar los criterios." (EPICTETO)

A menudo, y en particular en nuestras clases de Filosofía y de Ética, no importa tanto qué pensemos sino por qué lo pensamos. Una de las grandes tareas que siempre han ocupado a los filósofos, y en especial a los filósofos morales, es establecer los criterios que nos permitirán llegar a nuestras opiniones o conclusiones. No vale sostener algo porque sí. Hay que tener motivos para sostenerlo. Y deben ser lo más sólidos y fundamentados posible. De otro modo, pensaremos muchas tonterías y caeremos en continuas incongruencias. (Recordad que las personas son siempre respetables; las opiniones no: las hay absurdas, ridículas, perjudiciales y terribles.) 
En el test que a muchos de vosotros os presenté recientemente en clase, el Chequeo filosófico (tomado del libro de Julian Baggini ¿Pienso, luego existo?), se trataba de opinar sobre una serie de cuestiones y de ver a continuación si éstas eran incoherentes o incompatibles entre sí. Os recuerdo que no se trataba de determinar si vuestras opiniones eran las correctas, sino de mostraros que, si pensáis tal cosa, es incoherente que penséis tal otra. A modo de ejemplo: Si sostenéis que "matar está siempre mal", no podéis también creer que "la Segunda Guerra Mundial fue una guerra justa", porque afirmarías que estuvo bien matar a los partidarios del régimen nazi alemán, lo que es contradictorio con la primera opinión. Pero el test no dice, repito, si esos dos enunciados son correctos o falsos; ésa sería otra cuestión.
Estas cuestiones son complicadas. Por dos motivos: A) Es fácil tener una opinión. A veces, incluso demasiado fácil. Recuerdo ahora aquello de que las opiniones somo como las narices (¿o era otra cosa?): cada uno tiene la suya. Lo difícil es ir encontrando, por nosostros mismos, las buenas razones que nos permitan sostenerla. Con frecuencia no se consigue.
Y B) No hay cuestiones más difíciles que las morales. No hay forma sencilla de resolverlas, la humanidad lleva milenios dándoles vueltas y muchas de ellas aún suscitan vivas discrepancias. Suelen presentarse en forma de dilemas: me veo en la necesidad de elegir entre esto o lo otro. Es entonces cuando ansiamos una tabla a la que agarrarnos, un criterio que nos oriente.
Una muestra de dilema moral, parecido al clásico de matar a Hitler, es el de matar a Napoleón cuando está invadiendo Rusia, según nos cuenta esta desternillante secuencia de la divertida película La última noche de Boris Gruschenko, de Woody Allen. El protagonista dice muchas tonterías, pero jugando con nombres, ideas y problemas de la mayor importancia.

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